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Una partitura fúnebre,
que lleva blancas, negras
y hasta rojas.
Una interpretación sádica
por un instrumento asesino
y tonadas que perturban
los sentidos.
Quien lo baile, lleva el alma
desmembrada, por razonamientos
de cerebros sin raíces...,
es una extravagancia maravillosa
experimentar el elixir
de una demencia crepuscular.
Permíteme esta pieza de desolación,
permíteme danzar con tu apetito sanguíneo;
muerde mi yugular en decadencia
y embriaguémonos con el éxtasis
producido por el contacto de esta melodía
de penumbras.
¡Vida! Ahora que estoy muerto,
¿quieres escucharme cantar?
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